El amor arruina el sexo, no te dejes arruinar el sexo con amor

La mujer en el aire con la muerte en los talones

las pornógrafas

Por: Contreras_nadia

Es inevitable no pensar que hay hechos que nos transportan a otra época. No hablo de máquinas del tiempo o de poderes sobrenaturales. Es el dominio de la mente y cómo incorpora la pantalla de un cine y lo que ocurre dentro de ella. La mujer aterrada no es indiferente a mi angustia, si esa es la actitud que se le ordenó seguir. Todo está dicho: la respiración detenida en una carrera contra el tiempo o la duración que no tiene el instante en la velocidad del aeroplano. Escena, por supuesto, en blanco y negro.

Una vez que la mente desborda la imagen, el tiempo se da en otro sentido, quizá como si la vida fuera una de aquellas películas de Michael Curtiz, Alfred Hitchcock, o una de las tantas interpretaciones de Ella Fitzgerald. Me quedo en ese tiempo que lentamente cae sobre el escritorio, los libros, los discos, el gato reclinado en mis pies. ¿A dónde se ha ido la página electrónica, los diccionarios en línea, los sitios que cruzo de lado a lado como los pasillos de una biblioteca?

La habitación (o la fotografía de la habitación), no permite reconocerme. El escritorio y la lámpara que resalta los objetos, son color invertido. Tal vez, la mujer que huye del aeroplano, quiera explicar. Se pondría de pie y vertiendo un poco de güisqui en el vaso, esbozaría lo que en un abrir y cerrar de ojos se ha convertido en un ángulo fuera de la imaginación. O dentro.

Me levanto tambaleándome entre objetos marchitos. Tengo la impresión de entrar en una enfermedad que es lo bastante fuerte; me derrumba. Hace años tomé varías fotos, por supuesto, en blanco y negro. Calles descompuestas, cementerios, glorietas. ¿Por qué entonces me da miedo transitar como dentro de un túnel? La imaginación, recuerdo, se volvía más creíble.

La calle se ha oscurecido y veo a lo lejos un farol. El miedo es pensamiento volátil. Tal vez, en lugar de miedo, desvarío. Mis ojos recorren la fachada de las casas; a través de la ventana, descubro balcones, un letrero de neón en el que se lee: Departamentos disponibles, informes aquí, una plaza lo suficientemente oscura como para ocultar la identidad del malhechor.

Mientras observo, a través de la ventana apagada, pienso en la mujer fugitiva. ¿En qué momento entró en  mí? O ¿soy yo, acaso, la que se apropia de su imagen, la respiración trastornada, el pecho a punto de estallar? Hablo con sus palabras; me visto con sus ropas.

 

 

No he podido llegar a una conclusión. Simplemente, en algún momento de nuestras vidas, la realidad se mezcla con la imaginación. Me miro en el espejo. Es 20 de junio de 1959 o 17 de marzo de 1941. El tiempo es irrelevante como el propósito de aquel que, lejos de una lectura íntima como los deseos, se aferra a descifrar en las novelas, la vida de quien las escribe. Lo que era antes, la mujer de ciertas palabras, es ilusión, por decirlo de alguna manera. He caído, como dicen los expertos, dentro de una epifanía. Tal vez frente al espejo sea el rostro (en la epifanía, dicen, todos los tiempos confluyen) de Greta Garbo o Ingrid Bergman. Un rostro cualquiera pero dentro de la pantalla de cine.

Es curioso, el tiempo descorrido. Es una sensación que tiene qué ver con la mujer, que dentro de la pantalla, viste un hermoso abrigo a cuadros negros, las líneas de éstos muy anchas. Lo normal, es contemplarla pero soy la mujer en el glamur y la seducción. Me desvisto y una vez me visto, bajo el resplandor de la luz opaca. Mi interior (la imaginación se agranda) es una pequeña fiesta, una sonrisa y el hombre, me besa. El beso, largo como la escena misma, me pone nerviosa; mis piernas vuelan, mis manos. No sé si el hombre estará cuando abra los ojos. No sé y no me importa. Como en el cine, una imagen sucede a la otra, las paredes se han volado, la calle, la ciudad. En mitad del camino, la avioneta se avizora a lo lejos, el beso me hace dar vueltas como en un swing.

El tiempo descorrido es efectivamente un agujero en el interior de aquellos que quisiéramos ser. Una epifanía. La mujer que ha besado al hombre dentro de una pantalla de cine en blanco y negro, es ese agujero en el que se logra ver la luz. Una luz sobre el color esplendoroso de las cosas. Que en sentido estricto me hubiera gustado protagonizar aquella época, sí. El tiempo, sin embargo, no se detiene (como tampoco la muerte en los talones), y cruza como yo los pasillos de una biblioteca, mientras las palabras caen en la hoja electrónica. Alcanzados por el tiempo, como la mujer por el aeroplano que sobrevuela en línea recta hacia su centro; alcanzados y rebasados. Queda la sensación de lo ocurrido, el aire, ese vacío.

 

 

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