El amor arruina el sexo, no te dejes arruinar el sexo con amor

Terapia

@Nippur

Más que una terapeuta, parecía una modelo, pero no importaba. Hacía tres meses que Mónica me había dejado por su jefa, llevándose consigo solamente dos valijas, una de las cuales sin duda tenía mi hombría adentro. Porque desde que había partido, yo no había podido estar con una mujer. La cosa había arrancado una noche en que pasé a buscar a Mónica por su trabajo. Era tarde y la jefa propuso destapar unas botellas de vino blanco que por alguna razón había en la heladera. En un momento en que Mónica había ido al baño, los labios de la jefa dejaron de moverse para hablar, y se pusieron a besar los míos.

-¿Y usted la encontraba atractiva?

Treinta años, con al menos veinte de gimnasio. Cola dura como la madera y redonda como cada una de sus tetas. ¿Atractiva? Lo único que distraía de ese físico impresionante eran sus labios gruesos como los de una negra, y los ojos verdes de gato montés. Atractiva era poco.

Su mano derecha bajó con decisión hacia mi entrepierna, y en el preciso momento en que me tocó, abrí los ojos, y vi a Mónica apoyada contra la puerta del baño. Mirándonos. Su lengua recorría los labios con lentitud y el fuego de sus ojos transmitía cualquier cosa menos rabia. La jefa extendió la mano con que acariciaba mi pecho hacia Mónica, que fue hacia ella como hipnotizada. Con una serie de comandos mentales le ordenó desvestirse. Una vez que las dos estuvieron completamente desnudas, volvieron a dedicarse a mi. El alcohol nublaba mi cabeza, pero no al punto de impedirme saber qué era lo que estaba haciendo, y terminé haciendo el amor con las dos, un número de veces que no creí que fuera capaz en el mejor de mis sueños.

Pero lo que pensé había sido la mejor noche de mi vida, también fue el principio de lo peor, y un mes después Mónica me abandonaba. Y yo no había sido capaz de satisfacer a una mujer desde entonces. Terminé mi narración excitado, como siempre que pensaba en aquella noche, y aguardé alguna reacción de la terapeuta, a la cual no podía ver por estar ella sentada a mis espaldas. Después varios segundos de completo silencio, me di vuelta, y vi lo que nunca hubiera esperado ver.

Masajeaba su pubis con firmeza. La lengua le recorría los labios, y me recordó a Mónica cuando nos veía a la jefa y a mi. Abrió los ojos, dedicándome la sonrisa más sucia y angelical que recuerdo haber visto jamás. Sin dejar de tocarse, se acercó hacia mi, y con una sola mano sacó mi miembro del pantalón, y empezó a besarlo. Me puse aún más duro, pero en el segundo en que tomé la decisión de avanzar, sentí que mi hombría me abandonaba. Las imágenes de Mónica yéndose y de mis noches de soledad me pegaron, me pegaron casi tan fuerte como el cachetazo de la terapeuta.

-Hijo de puta, me dejás así y te mato, me oíste, te mato.

Y no sé si fue la violencia del golpe, el filo de sus palabras, o quizás el último pedazo de orgullo que me quedaba, pero le arranqué la minifalda negra, que salió junto con todo lo que había debajo, y la penetré. Dominaba la presión de sus partes internas como si fueran músculos independientes, y recuerdo haber pensado si no serían dedos lo que tenía en su vagina. Terminé cuando ella quiso que terminara, ni un segundo antes, y arranqué de nuevo algunos minutos después, cigarrillo mediante. Sus palabras de despedida aún me hacen sonreír cada vez que termino de tener sexo con cualquier mujer.

-Listo. Estás curado. Pagale a mi secretaria.

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