El amor arruina el sexo, no te dejes arruinar el sexo con amor

Viviana

Por Henry M

Conocí a la espectacular Viviana una noche loca, una noche de esas donde el alcohol te abarrota todos los sentidos y la lujuria y el deseo afloran por todos los poros, y la posibilidad de encontrar la experiencia sublime de la vida está a la vuelta de la esquina…

Ella era una soberbia gata enfundada en pantalones de cuero negro,  musculosa blanca adherida a sus hermosos y abultados pechos y un cabello negro leonino que se derramaba sobre sus hombros y llegaba hasta más allá de su cintura, donde se perdían todas las miradas. Ella era verdaderamente una criatura salida de los sueños. No parecía ser real y me acerqué para decírselo, pasando entre el gentío que abarrotaba la Disco.

– ¿Sabés que sos increíblemente hermosa y perfecta?

– No seas exagerado. A todas les debes decir lo mismo- comentó dedicándome una breve sonrisa.

– Puede ser que haya dicho eso antes, la diferencia es que ahora es pura verdad.

– Vos sos muy versero.

– Para nada. ¿Bailamos?

Ella me dijo que sí y lo hicimos. Muy apretados, demasiado.  Tan apretados que en un momento pensé que podríamos atravesar los milímetros de prendas que nos separaban. No fue preciso decir nada más. No era necesario. Nos besamos. Y nos besamos, y seguimos un rato largo, sin darnos cuenta de lo que pasaba a nuestro alrededor, en realidad, no nos importaba. El mundo podía caerse a pedazos. Sólo nos teníamos a los dos. El resto no existía. Todos lo demás eran cáscaras vacías.

– Quiero que esta noche sea inolvidable-le susurré al oído.

– ¿Qué querés hacer?

– Ir a otro lugar donde podamos estar solos, quiero conocerte mejor…

– Ok, vamos.

Fue así que muy pronto nos encontramos en la calle, yendo a contramano de la gente que trataba de entrar a mover frenéticamente sus cuerpos. Nosotros no necesitábamos eso. Nosotros queríamos algo más.

Caminamos abrazados, tomados de la cintura, envueltos en arrumacos, besos, y con nuestras manos inquietas, apresuradas, juguetonas, metiéndose en el poco espacio que queda entre la cintura del pantalón y la carne…

Y no aguantamos más nuestra pasión, queríamos saciar en ese instante nuestro ardiente deseo. Nos metimos en un callejón oscuro y tranquilo. La apreté contra la pared y ya nada pareció ser lo mismo. El mundo era sólo un triste y marchito recuerdo. Tuve la sensación que nosotros dos éramos el universo, y el resto era la nada, una nebulosa, el caos absoluto. El fin y el principio de los tiempos, sobrevolaba nuestras almas y no nos importaba. Nada nos incumbía. Sólo pensábamos en nosotros, en cómo darnos placer, en como satisfacernos…Y lo hicimos allí, de parado, contra los fríos ladrillos de ese ignoto edificio.

Saciamos nuestros apetitos y nuestros deseos primitivos. Dejando llevar nuestros sexos, nuestros cuerpos, nuestras mentes, hasta el infinito, hasta el inicio de la creación.

Y luego todo terminó, nos despedimos, y sólo quedó ese recuerdo imborrable y apetitoso, y la incertidumbre terrible de un posible encuentro en el que no dejo de pensar y de anhelar…

Fuente: http//unafocaeneldesierto.blogspot.com

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