El amor arruina el sexo, no te dejes arruinar el sexo con amor

Doblé mal y terminamos en la ruta 70

Por @diegohc

Saliendo de la estación de servicio en la que habíamos parado para comer y tomar algo doblamos donde no debíamos y, para regresar a la RN5, hicimos uso y caso al GPS que nos habían prestado antes de comenzar el viaje.

Todo iba bien hasta que la  sensual voz de la gallega que nos hablaba en el GPS nos indica tomar la “ruta pavimentada RP70”. La verdad que si algo no tenía esa ruta, y seguramente todavía no tiene es pavimento. En el Empalme con la ruta por la que veníamos el pavimento estaba en muy malas condiciones pero se podía transitar y lo que más sorprendía de esta ruta era la ausencia absoluta de banquina; el pasto, aun más alto que el auto con el que viajábamos, lo cubría todo.

Poco a poco lo que quedaba del pavimento fue desapareciendo para convertirse en tierra muy despareja pero sólida, por donde con mucho cuidado se podía transitar pero a una velocidad reducida. En el auto en el que viajábamos llevábamos muchas cosas y entre ellas cuatro bicicletas de las cuales tres de de ellas estaban en el portabicicletas que nos había acompañado casi por los 5000 kilómetros y que no nos permitía avanzar a mas de 30 km/h como mucho gracias al estado del camino.

La hospitalidad de la zona no se hizo esperar y empezaron a aparecer las primeras vacas con sus terneros que se cruzaban despreocupadamente.

Mientras paseabamos (por así decirlo) por la nada misma Vero ve en la pantalla del GPS una pequeña cuadrícula que era atravezada por el camino, que ya a esa altura más que camino era como andar patinando en auto sobre arena.

Para ir directo al punto: entramos por lo que parecía la parte de atrás de Colonia Seré. Un cartel que parecía armado con alambres de púa y el cementerio nos daban una calurosa bienvenida al lugar.

Tienen que hacerse la idea que nuestro auto estaba no sólo cubierto de polvo por el camino sino que llevábamos tres bicicletas en el porta bicicletas. Y que cuando pasamos por la colonia pasamos por lo que creemos era la calle principal ya que había un cyber-café y eso, es signo de principal.

Durante todo el trayecto por esa calle, de cinco cuadras cuanto mucho, notamos que absolutamente TODOS se dieron vuelta para mirarnos. Fuimos ese día, seguramente, el comentario del pueblo: “¿viste esos que pasaron con las bicicletas?”.

Si bien el relato es más largo que la calle principal del pueblo, el mismo no termina acá. En un suspiro o dos, pasamos como un trueno por Colonia Seré. Veinte kilómetros por hora es todo lo que se necesita para eso.

El lugar y las miradas de los pobladores de Colonia Seré nos llevó a pensar en las peores escenas de las películas de zombies de Romero. Broméabamos medio en serio sobre la posibilidad de que nuestro cerebros se convirtieran en la merienda del pueblo. No porque nuestros cerebros fuesen grandes sino porque el pueblo era chico.

“Gire a la izquierda” dijo la gallega, y nosotros doblamos. La gallega nos hizo tomar la continuación de la ruta que no estaba mejor que el tramo que habíamos dejado atrás. La consistencia era cien por ciento arenosa. Ya no había suelo y el auto navegaba casi a la deriva por aquela camino, camino que no existía.

Se veian campos, paisanos a caballo, camionetas 4×4 que pasaban como si el mismo diablo las persiguiera. Hasta parar en un costado del camino a mear parecía de película, tanto que una iglesia perdida en medio del campo era la única construcción visible mientras, parado al costado del camino, contribuía con toda mi humanidad a combatir la sequía del suelo.
Doblé mal y terminamos en la ruta 70

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